Adiós, agüelita Candelaria

La muerte siempre será una sorpresa porque, aunque la estemos esperando, nunca nos agarra en posición.

El lunes 10 de agosto, en horas de la mañana, un terremoto inesperado de magnitud 7.4 sorprendió a Colombia. Mi familia y yo nos llevamos un susto tremendo, aunque afortunadamente salimos ilesos del impase.

Al día siguiente, mi abuelita dejó de pronunciar palabra. Cuando mi mamá me lo contó pensé inmediatamente: a mi abuelita le queda poco tiempo. Hablar era su motor de vida, y habló durante mucho más tiempo del que esperábamos.

Ese día, sobre las 10 de la noche, mi abuelita partió con Dios.

Tengo la dicha de decir que tuvo un tránsito bello hacia la eternidad. Aunque su proceso de partida tuvo sus complicaciones, su último suspiro lo dio dormida, en su cama, en la misma cama en la que murió su esposo, y del mismo lado.

Qué puedo decir...

Viví en la casa de mis abuelos durante casi 30 años. Cuando me dio la loquera de regresar de Estados Unidos, mi abuelita me dijo que la sopa nunca me iba a faltar cuando volviera a la casa.

Esa era la gran promesa de ella, una que todavía mi mamá, mis tías y mis tíos sostienen.

Cuando mis primos y yo éramos niños, mi abuelita nos servía sopa todos los días: mazamorra de maíz, cuchuco de maíz, cuchuco de trigo, mute, sopa de cebada, sopa de avena, caldo de papa, ajiaco y tantas otras. A veces era la misma durante varios días y otras veces cambiaba, aunque la sopa nunca faltó.

Pero esa casa no solo nos dio sopa a nosotros. Alimentó a todas las personas que llegaron a ella.

Fuera quien fuera, siempre había un plato de comida y un lugar para quedarse. Excepto para los novios de las mujeres, jajaja. Esos no podían quedarse hasta tarde, aunque también recibían comida.

Mi abuelita era una fiera protectora de su manada. Firme, dura, resistente, a veces furiosa, pero con un corazón enorme.

Era cuidadora, proveedora y administradora. Dejaba que se quedaran amigos, familiares y sobrinos de reinos lejanos, para todos había espacio. Es más, alimentaba a mis amiguitos del colegio y cuidaba a los suyos de mil maneras que probablemente solo ahora empezamos a dimensionar.

Hace poco una compañera del colegio me escribió para darme su pésame y me dijo que recordaba a mi abuelita como una figura de nuestras tardes de colegio: siempre seria, pero dándonos cositas de comer.

Hablando de eso, curiosamente, mi abuelita nunca fue al colegio, pero era brillante.

Tenía una mente ágil. Hacía cuentas a una velocidad impresionante. Contaba platos, pocillos y cubiertos, pesaba el queso, sabía cuántos huevos había y sabía perfectamente lo que entraba y salía de esa casa. Mantenía un inventario mental de todo.

Era muy parecida a esa mujer que describe Proverbios 31: trabajadora, cuidadora, pendiente de su casa y de los suyos.

Madrugaba a hacernos la comida y, cuando mi abuelito estuvo tan enfermo, aunque también hubo discusiones, cansancio y toda la humanidad que existe dentro de una pareja, estuvo al pie del cañón hasta el último momento.

Pero hay otra herencia que solo he aprendido a valorar con los años. Pasé buena parte de mi infancia con ella y con mi abuelito, escuchándolos hablar de plantas, remedios, cultivos, alimentos y maneras de usar lo que daba la tierra. Sin darme cuenta, fui aprendiendo algo de esa botánica ancestral que hoy está tan de moda, pero que durante mi niñez y adolescencia fue motivo de burla, y se trató como conocimiento de viejitos o superstición de campo.

Hoy muchas de esas cosas aparecen con nombres sofisticados: medicina tradicional, plantas medicinales, saberes ancestrales o alimentación consciente. Bla, bla, bla.

Para ellos simplemente era la vida y lo que había. Sabían qué planta servía para qué, qué se podía sembrar, qué se podía cocinar, qué se podía tomar cuando algo dolía y cómo aprovechar lo que tenían a su alrededor. No necesitaban llamarlo de ninguna manera especial.

Hoy entiendo que crecer escuchando esas conversaciones también fue parte de mi educación privilegiada y agradezco profundamente haber tenido acceso a ella.

De repente, por eso todavía me emociona sembrar algo, ver una planta crecer o descubrir que una mata que parecía insignificante tiene una historia detrás. Hay cosas que uno aprende mucho antes de saber que las está aprendiendo.

Quisiera decir muchas cosas más, pero creo que se entiende. Ahh, hay otra cosa.

Los últimos de mis primos, los cuatro chiquitos, conocieron a una mujer muy distinta de la abuela que conocimos los mayores.

Conocieron a una señora dulce con quien hacían arepitas jugando, que los consentía y los quichiquiaba. A mí me alcanzó a tocar un poquito de esa nueva era.

Aunque, por supuesto, nunca faltaba algún comentario interesante: que me había casado muy vieja, que ya se me había hecho tarde para tener bebés o que estaba tan flaca que pasaba un viento y me alzaba. Esa también era ella.

Podía estar dándote comida con una mano y con la otra soltarte una opinión que nadie le había pedido. Y quizás después de recordar todo esto, ya no quiero seguir hablando de mi abuelita. Quiero hablarle al recuerdo que me queda de ella en el corazón.

Gracias, abue, por todo.

Por enseñarme a hacer arepas y por darme de comer tantas otras.

Por mostrarme mil y una formas de comer maíz, cebada y trigo. Por enseñarme a tomar chúcula antes de que estuviera de moda. Por hacerme mazamorra dulce con queso, masato y guarruz.

Gracias por el cocido boyacense que, aunque ya no como, alguna vez pude probar, hecho con tus manos duras de señora del campo.

Gracias también por todo aquello que me enseñaste sin proponértelo: a reconocer la comida como una forma de cuidado, a entender que una casa puede convertirse en el pilar de una comunidad, a mirar las plantas con curiosidad y a saber que existe conocimiento que no necesita haber pasado por una universidad para ser valioso.

Nos dejas un legado inmenso. No sé si nosotros podamos llenar el espacio que dejas, ni creo que nos corresponda hacerlo. Tu lugar es tuyo.

Hace unos 15 años empezaste a decirme que yo era tu cuba, tu hija menor. Y entiendo por qué. Vivimos juntas tantos años… Compartimos una casa, rutinas, comidas, historias, mañanas, enfermedades, celebraciones y una intimidad cotidiana que en ocasiones hizo que los límites entre generaciones se sintieran borrosos.

Pero hoy, al despedirte, hay algo que quiero reconocer con mucha claridad y con mucho amor.

Tú eres mi abuela. Yo soy tu nieta.

Tú llegaste primero. Yo llegué después.

Antes de mí estuvieron tú, mi abuelito, mis padres y toda una historia familiar que hizo posible que yo estuviera aquí.

Hay una idea de las constelaciones familiares que siempre me ha parecido profundamente hermosa y es que cada persona ocupa un lugar dentro de su familia y honrar a quienes llegaron antes también implica reconocer ese orden.

Por eso hoy quiero reconocerte en el tuyo. No necesito ser tu hija para reconocer lo profundamente importante que fuiste para mí.

Soy tu nieta y desde ese lugar puedo mirarte completa.

Puedo verte como la mujer que fuiste antes de que yo existiera: esposa, madre, abuela, trabajadora, cuidadora, mujer boyacense, de carácter. Una mujer con secretos, contradicciones, dolores y decisiones que no me corresponde juzgar ni cargar.

Lo que fue tuyo, te pertenece. Tus dificultades, pérdidas, elecciones, aquello que nunca dijiste y las historias que quizás nunca terminaremos de comprender.

No necesito llevarlas conmigo para demostrarte amor. Me quedo con lo que sí me corresponde recibir: la vida que llegó hasta mí, la comida, el refugio, las historias, las plantas, las arepas y las sopas.

También con tu fuerza, tu manera de cuidar y esa irreverencia tan tuya para vivir sin pedir demasiados permisos. Quiera Dios que haya heredado algo de esa fuerza para sobrellevar la vida y, sobre todo, para vivir como me dé la gana.

Porque hiciste lo que te dio la gana siempre. Fuiste profundamente auténtica. Dijiste lo que quisiste, hiciste lo que quisiste y pocas veces pareció importarte demasiado el qué dirán.

Al final de tu vida, empezaste a contar secretos que nunca sabremos si eran del todo ciertos o si pertenecían a ese territorio extraño donde se mezclan memoria, tiempo y envejecimiento.

Sea cual fuere la verdad, agradezco las mil historias que escuché desde que era chiquitita hasta tus últimos días.

Y agradezco haber podido conocerte en tantas etapas.

  • A la abuela de carácter fuerte de mi infancia.

  • A la mujer que administraba aquella casa como una empresa familiar sin Excel.

  • A la que daba sopa.

  • A la que contaba huevos.

  • A la que sabía de plantas.

  • A la que cuidó a mi abuelito.

  • A la que alimentó generaciones.

Y también a esa señora más dulce de los últimos años, que mis primitos recordarán con tanto cariño.

Ahora puedes descansar, abue.

Nosotros somos los que seguimos. Tú ya hiciste lo tuyo.

Gracias por la vida que te tocó sostener antes de que nosotros llegáramos. Gracias por haber ocupado tu lugar en esta familia con toda tu fuerza, tus contradicciones, tu dureza, tu generosidad y tu manera absolutamente particular de amar. Gracias por ser la gran matriarca, la reina del reino Martínez Martínez. 

Te quiero, abue.

Siempre serás mi abuelita y yo siempre seré tu nieta.

No conozco los tiempos, pero seguro que ya volviste al origen, al manantial de vida eterna.

Más allá del sol, tienes un hogar, un bello hogar... más allá del sol. 



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Decisiones, todo cuesta…