Que Dios nos dé una buena vida y una buena muerte

Ver morir a alguien es, quizás, una de las experiencias más difíciles de procesar. Incluso para quienes se han formado en ciencias de la salud, no deja de ser complicado.

La muerte no solo nos enfrenta al final de una vida. También rompe la sensación de permanencia con la que solemos relacionarnos con las personas que amamos.

Y es que, los seres humanos somos sociales: construimos nuestra identidad, nuestras rutinas y nuestra idea del mundo alrededor de otros. Por eso nos cuesta aceptar que quienes han ocupado un lugar importante en nuestra historia puedan dejar de estar.

Queremos que nuestros referentes permanezcan para siempre. Disney lo sabe muy bien: sus personajes de caricatura, como las princesas y Mickey Mouse, siguen siendo figuras alegres que nos invitan a creer que los sueños se hacen realidad y, además, no envejecen.

Hay algo tranquilizador en pensar que ciertas figuras nunca cambian, nunca se enferman y nunca se van.

Quizás por eso, desde hace siglos, las comunidades han creado rituales para acompañar los momentos que dan inicio y prolongan la vida. Nos reunimos antes del nacimiento de un bebé para darle la bienvenida a otro ser humano a este plano terrenal. Celebramos cada cumpleaños porque hay que festejar la vida y la posibilidad de seguir aquí.

Sin embargo, cuando llegan la enfermedad y la muerte, el tono de esos rituales cambia por completo. El ambiente deja de ser alegre, bajan los ánimos y aparece esa incomodidad horrible que muchas veces no sabemos cómo manejar.

Si le preguntas a un niño qué prefiere entre ir a una fiesta de cumpleaños o acompañar a una persona enferma, la respuesta parece obvia.

Aun así, hay personas como yo que tuvimos la fortuna de crecer en una especie de tribu urbana, aprendiendo desde pequeñas algunas tareas de cuidado que normalmente asociamos con los adultos. En mi casa, cuidar no era algo lejano ni reservado para especialistas. Era parte de la vida cotidiana.

A muy temprana edad, instruida por mi abuelita y mi madre, aprendí a preparar infusiones de hierbas para aliviar ciertos males. Recuerdo que una vez mi mami tuvo un cólico horrible y yo ya sabía qué hacer: un té de yerbabuena recién cortada de la huerta para que se lo tomara con un Advil. Porque, ajá, me gustan las hierbas, pero también reconozco el poder de un buen ibuprofeno.

Esa cercanía con el cuidado me enseñó a estar presente cuando alguien se sentía mal. Sin embargo, nada de eso podía prepararme para lo que viviría unos años después.

A los diez años, tristemente, tuve que presenciar la muerte de mi abuelito Rafael, quien fue mi figura paterna. Fue una experiencia muy dolorosa, de la que conservo recuerdos nítidos. Ya de por sí tengo buena memoria; imaginen lo que puede quedar grabado un acontecimiento de esa magnitud cuando ocurre a esa edad.

Ver su deterioro físico y emocional me marcó profundamente. Pero ahí estaba yo, metida en todo, tratando de entender lo que pasaba y acompañando como podía.

Ahora que han pasado tantos años, pienso que mi abuelito tuvo una transición difícil porque estaba muy apegado a la vida. Estaba enamorado de ella y todavía tenía planes. Su partida fue dolorosa y muy dura.

No lo juzgo en absoluto. Entiendo que tuviera tantas ganas de vivir. La vida le sonrió en muchos aspectos y una parte de mi curiosidad por conocer lugares desconocidos viene de él. Viajamos mucho en bus de un lugar a otro, hicimos asados, comimos rico, vimos novelas y jugamos.

Era natural que quisiera quedarse.

Por esa razón, siento que ese apego hizo que su transición fuera más difícil. Tal vez aceptar la muerte también implica soltar poco a poco la vida que conocemos, aunque esa idea sea mucho más fácil de pensar que de vivir.

Hoy vuelvo a enfrentar algo parecido, aunque desde otro lugar y con cierta distancia, porque ya no vivimos juntas. Mi abuelita se está apagando poco a poco.

Yo pensaba que ella era inmortal.

Durante mucho tiempo, su presencia me pareció una certeza. A sus 84 años todavía me preparaba tinto con panela, me regañaba y dio su aprobación al hombre que hoy es mi esposo. Seguía siendo ella: fuerte, pendiente de todo y ocupando su lugar de matriarca en la familia.

Por eso cuesta tanto verla cambiar.

Nadie lo prepara a uno para esto. Ni siquiera haber atravesado antes la muerte de otra persona. Cada vínculo es distinto y cada despedida abre una herida propia.

Mi abuelita es como mi segunda mamá, guardando todas las proporciones. Me cuidó, me alimentó, me regañó y hasta me pegó, jajaja. Su manera de quererme está mezclada con mi infancia, con mis recuerdos y con muchas de las cosas que hoy forman parte de mí.

Tal vez por eso, en medio de este proceso, una frase que dijo ayer mi suegra se quedó dando vueltas en mi cabeza:

Que Dios nos dé una buena vida y una buena muerte.

Claro. Cuánta sabiduría cabe en una frase tan sencilla.

Una buena vida no evita la tristeza de la despedida, pero quizá nos permite llegar a ella con menos asuntos pendientes. Y una buena muerte, quiero pensar, es aquella en la que podemos soltar sin miedo, sin dolor y sin sentir que estamos completamente solos.

Quiera Dios, y quiera también nuestra alma, que cuando el momento se acerque podamos entregarnos a la muerte y fluir hacia la eternidad sin resistencias. Que nuestra alma pueda salir del cuerpo en paz y que, al otro lado, nos reencontremos con nuestros seres queridos.

Mas allá del sol, yo tengo un hogar, hogar bello hogar, más alla del sol. 

Yo elijo creer esto.

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